28/1/11

Los niños ante la muerte

Mis chicos
"Existe en nuestra sociedad, una especie de temor a que los niños vivan de cerca la muerte de las personas conocidas y queridas. En realidad, esto no es más que el reflejo de una tendencia más amplia: la de mantener la muerte como escondida, sin querer saber que existe, sin querer pensar en ella. Y la muerte, lo queramos o no, forma parte de nuestra vida, y vale la pena tenerla presente, porque nos ayudará a vivir la vida dando más valor a lo que realmente lo tiene, y a no perseguir cosas que no valen la pena, que son sólo apariencia.
Los niños, a menudo, sólo ven la muerte falsa de la televisión o de los videojuegos. Y, en cambio, la muerte verdadera, la que pasa cerca de nosotros, la que afecta a nuestra vida, se les esconde, con el pretexto de evitarles traumas y situaciones desagradables. Se les impide ver a aquel familiar que ha muerto, y se evita que vayan a su entierro. Y no debería ser así. No se les hace ningún bien, a los niños, escondiéndoles la realidad. Lo que hace falta es ayudarlos a vivirla, a encontrarle sentido. A saber que en la vida hay momentos dolorosos, pero que esos momentos pueden ayudarnos a crecer. Y enseñarles a recordar a las personas amadas que nos han dejado, y a vivir la fe y la esperanza que Dios nos da."
"La muerte, la esperanza, la fe" Centre de Pastoral Litúrgica

Aquí podéis descargar un libro en PDF, que comparte Ceci en su blog, para trabajar con los niños.

1 comentario:

  1. Querida Paloma,

    Jose me habló hace un par de días de este blog, que no sabía que habías iniciado. Hoy es viernes, y durante la meditación por Guzmán he pensado en ti varias veces, y en Kai. Pequeño Kai.

    Y aquí estoy, a lágrima suelta. Qué le vamos a hacer, si esto es así. Yo tengo a Guzmán conmigo, pero a veces la sombra de la muerte se acerca demasiado, más de lo que yo querría. Y asusta, asusta tanto.

    Yo fui uno de esos niños a los que se les negó la muerte, a pesar de perder a su padre. Tenía 10 años y fue el fin de mi infancia. No pude despedirme de él. No me prepararon. No le vi morir ni le vi muerto. No fui al tanatorio. No fui al entierro. No vi su tumba. No fui al funeral. No vi llorar a mis hermanos –todos mayores, mucho más que yo. Apenas vi unas lágrimas silenciosas en el rostro de mi madre. No vi llorar a mi abuela, ni a mis tíos, ni a nadie. No vi rezar una oración por su alma. No vi encender una vela por él. Nunca le llevé flores. Había que protegerme, porque yo era una niña. Así que el lunes, vuelta al colegio, como si no pasara nada. Y yo, al llegar a casa, a la hora de poner la mesa, llevaba su copa de la cocina al salón; la copa donde a él le gustaba beber vino, y cuando llegaba a la mesa, la escondía debajo del jersey para devolverla a la cocina y que nadie viera que me había equivocado. Y las lágrimas me las guardaba también. Y así, tapando, tapando, estuve muchos años. Y esa herida me acompañará siempre.

    Me maravilla lo bien que escribes sobre el duelo, ese duelo que yo no hice, que pospuse tantos años, y que aún me hace llorar, aunque han pasado ya casi 30. Pero a veces, aún me siento como la niña que perdió a su papá.

    Muchas veces he tratado de explicar a otros lo importante que es para los niños estar presentes ante la muerte. Da igual. No lo entienden. Les parece una barbaridad. Les parece más fácil olvidar, pasar página. Lo que no saben es que un padre no se olvida, ni se puede pasar página y ya está, yendo el lunes al colegio a seguir con la rutina. No se olvida.

    Ay, Paloma, no puedo ni imaginar por lo que estás pasando. Yo tengo días tristes, en que también no paro de llorar. Y quizá por eso surjan tensiones con mi madre, porque nunca hicimos juntas aquel duelo. Y no soporta verme triste, me regaña y me alecciona con que “tú tienes que estar fuerte”. Como si no lo supiera. Claro que sé que ese es el papel que debo tener ante mis hijos, pero para estar fuerte tendré que llorar, vaciarme y mirar todos esos miedos de frente.

    A veces, la gente me pregunta cómo estoy. Esperan que les diga que estoy bien. O que tengo altibajos pero estoy confiada y animada. Nadie quiere escuchar que estoy asustada, triste por ver sufrir a mi hijo o que a veces me faltan fuerzas para seguir adelante con optimismo. Y es verdad que, cuando estoy triste, no tengo más que mirar la sonrisa de Guzmán y escuchar sus carcajadas para volver a mirar hacia delante con fe y esperanza. Pero también es cierto que hay momentos muy difíciles, y ¿quién los entiende?

    Yo también me he sorprendido viendo cómo algunas personas a las que tenía un grandísimo aprecio no han sabido estar ahí. No puedo decir que me entristezca, pero siento muchísimo que no comprendan, o que no sepan, o que no quieran acompañarme. Y al mismo tiempo, gente de la que nunca me hubiera esperado esa respuesta se ha volcado y se sigue volcando conmigo, con nosotros.

    Paloma, linda, te siento mi hermana. Sé que Kai le hace pedorretas a Guzmán desde el cielo. Sé que viene a su cama y le lanza un beso. Y nos acompaña en el hospital cada vez que ingresamos. Un abrazo grande, Paloma, aprendo mucho de ti.

    Eva.

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